viernes, 11 de diciembre de 2015

PAPÁS, NECESITAN ABRAZAR A SUS HIJAS



LA DEMANDA DE AMOR DE LAS HIJAS A SUS PAPÁS:
¡Papá, necesito que me abrazes cada vez!
        Podrías estar con el intenso deseo de abrazar y besar cariñosamente a tú hija(s), pero casi nunca o nunca lo haces. Resulta que, tal vez por circunstancias de la vida, eres poco expresivo en tus afectos, y en ello te remontas a tu propia experiencia en la infancia y adolescencia, con tus padres, para dar razón de ello. Sin embargo, con el tiempo esta rememoración parece ser más un pretexto que una verdadera condición alienante. Y mientras el tiempo corre para nunca regresar, es decir,  tus hijas avanzan en edad para nunca volver a ser las niñas que algunas vez debiste abrazar con ese amor profundo de padre, de pronto concientizas de que estás justamente repitiendo tu propia experiencia de vida, tus propios descalabros y sinsabores. Si estás a tiempo de cambiar el destino amargo que recibiste de tus progenitores, haz a un lado los traumas que bloquean tu capacidad de amar a tus propias hijas con abrazos y besos, con verdadero diálogo de amor y comprensión, porque con tan solo estrecharlas en tu pecho les hará la vida más plena y segura. Si eres un padre amoroso y expresivo en tus afectos con ellas, de seguro que tendrán la certeza de saber que la figura de un hombre no hay que evitarla, sino confrontarla, estudiarla y examinarla. Evita que tus propias hijas les nazca un temor generalizado a los hombres que les imposibilite relaciones sanas en la vida, para luego caer en una de insospechados destinos y de turbias interacciones. Piénsalo seriamente la próxima vez que tengas a tus hijas de frente, no importando la edad que tengan. Entre más jóvenes, mayor beneficio y gozo, aunque como dice el dicho, “nunca es tarde”. Abre tu corazón y Dios guiará tus actos de amor.    

sábado, 3 de octubre de 2015

BELLEZA EN DECADENCIA






  
        Sé que sufres por las nuevas formas que tu cuerpo adquiere con los años. Sé que te preocupa sobremanera los efectos que en tu cuerpo se han recargado por los embarazos que, sin embargo, han dado lugar a esos maravillosos hijos que tienes. Tambien sé que has vivido traumada por la forma en que tu propio esposo te mira cuando estás en la intimidad junto a él, y que por tal razón prefieres entregarte entre penumbras para que no caiga en desencanto o, incluso, por qué no, en insipidez, quizá en desazón, luego, para desconcierto tuyo, en desamor. Tal vez con desilusión te miras al desnudo de tus formas corporales y caes en el fatalismo recargado en el tiempo, sí, ese que nunca se detiene y jamás regresa. En tal circunstancia, el envejecimiento natural de tu cuerpo te despoja del corazón la sencillez, y la espontaneidad se aleja de tu cuadrante hasta convertirte en una autómata que solo responde al son de los estándares de una belleza superflua, por cierto en franca decadencia. Tu exterior se ha minado, y desde tu pespectiva ya no es la misma de la de hace algunos años atrás, y hacer el amor se vuelve más un suplicio que un encanto. Incluso, las penumbras de una noche de amor junto a él, simbolizan la lobreguez de un día nublado y taciturno, lúgubre e intensamente infeliz. Vagos recuerdos te asaltan en esa noche de entrega, una de esas entregas marcadas por la parsimonia y el compromiso, dejando lejos la pasión y el deseo de fundirse en el otro. Ese amor que alejas cada día por tu comprensión oblicua de la belleza, atajándole una fecha de expiración por el inexorable paso del tiempo, cuando la real belleza se encuentra dento de ti, la perenne, la inexorcisable, la que nunca expira y que se queda contigo hasta el fin de los tiempos.