La tesitura de tu amor me confunde y me
turba; son tus actos imprecisos, las expresiones indefinidas de cariño y
ternura, como caricias desterradas de genuino amor, desprovistas de un buen sentimiento,
y ellas, tus expresiones del querer, las percibo confinadas en aterradora vaciedad
que me niego reconocer. Ese corazón tan buscado me ha resultado como un
espejismo de ilusiones ambiguas reflejando las mayores y menores pretensiones
de un amor embrollado, de pronto irrealizable. Es mi corazón que aun late, y
late con mayor fuerza en tu prescencia, pero es el tuyo el que se mueve en otra
latitud y parece no acogerse al buen amor, al honesto y profundo sentimiento
que sale del recóndito corazón que lo sustenta. Tal vez amar mucho ha sido mi
error, tal vez tus temores te han convertido en el más displicente y descastado
de los hombres. Quizá una combinación de cosas es lo que ha matado nuestra relación
de ¿amor?, no obstante mi corazón late por ti, quien sin merecerlo aun se levanta
con el orgullo de sentirse halagado, bien querido y amado. Amor, más de
preplejidades que de certezas, enlutado en su luz opacada por el infortunio, y
sepultado en el jardín de la desventura en la perenne espera de su
renacimiento.
sábado, 9 de mayo de 2015
martes, 5 de mayo de 2015
CONFRONTANDO EL PASADO CON DIOS PRESENTE
La sospecha de
un fantasma historicamente remoto, pero emocionalmente intenso e
irremediablemente contemporáneo en tu corazón y en tu espíritu, se confirma de
dos modos sustanciales: por un lado, la evitación y la continua represión y el
pretendido olvido de algún evento, impreciso a veces, del pasado que te ha
dejado una marca indeleble. Por el otro lado, la confrontación directa frente a
un recuerdo traumático de un pasado bastante preciso en tu mente, en una lucha
fraguada con intensidad y dolor, miedo y valentía. Del primer modo, ten la
seguridad de que nunca saldrías a flote del problema original. Seguiría
martillándote en tu mente y en tu corazón por el resto de tu vida, y siempre
se presentaría como un evento tan actual, tan presente y tan futuro del cual nunca podrías
escapar. Del otro modo, al efectuar un cara a cara con tu pasado, tendrías la
posibilidad de salir avante, pero con una salvedad, si tu presente no es más
fuerte que tu pasado, y ni siquiera posees las agallas, los instrumentos
idóneos y, lo más importante, la presencia de Dios en tu vida, entonces créeme que
la batalla se perdería desde el principio, y todo lo demás no habría sido mas que
un zafarrancho sin dirección; esa confrontación habría resultado en una simulación,
quizá en un conato de batalla, o en un equívoco fundado en las limitadas fuerzas
de tu ser.
lunes, 20 de abril de 2015
EL VERDADERO AMOR HIERE
Me preguntaba hasta que
punto hemos sido capaces de faltarles al respeto a nuestros hijos, y si alguna
vez les hemos pedido perdón por ello. No debe causarnos asombro este
cuestionamiento, pues esa es una circunstancia que nos pasa a todos los padres en algún
momento de nuestras vidas con esos bellos hijos nuestros. En cambio, lo que
debe llamar nuestra atención es el grado en que dicha circunstancia se ha
repetido con nuestros hijos a través del tiempo, significando con ello un daño a esos seres que
amamos, a los seres que emanaron de nosotros por la gracia de Dios. Pero, no
obstante, y a pesar de todo lo que ha pasado, quizá solo hemos tenido, hasta
cierto punto, la entereza del daño, pero no la capacidad de solicitar el
perdón, la disculpa con los hijos, o con ese hijo que nos quiebra la cabeza,
para alcanzar la reconciliación esperada y poder vivir en paz con ellos y con
nuestra conciencia en la presencia de Dios. A los ojos de un observador
cualquiera, no se sabe si ellos viven cobijados ya sea, bajo nuestra sombra o
bajo nuestra luz. Si creemos que ellos ya se olvidaron de aquel penoso suceso
que nos envuelve, padre o madre, es pertinente decir que estamos muy equivocados.
Nada en esta vida es tan errado de pensar que las cosas se disolverán por el
paso del tiempo. Los hijos llevan un registro en su corazón de cada suceso
vivido, de cada momento de felicidad y tristeza que han experimentado. Y a nosotros,
por ser sus padres, nos recuerdan cada cosa que les hemos causado, las penas
que hayan vivido por nuestra causa, los sinsabores, además de los momentos de
felicidad. Mas sin embargo, por un evento traumático o desproporcionalmente desagradable
a una vida regular, mil eventos de felicidad dados y ofrecidos con todo el amor
y el cariño parecen desplomarse. Empero como padres, desde el momento
que tenemos el derecho de equivocarnos en nuestros actos y decisiones, nace también
la obligación moral de disculparnos de
frente a nuestros hijos, y de frente para que no quepa duda de nuestro arrepentimiento
por los errores en que hemos incurrido en su desarrollo integral en algún momento
de sus vidas. Y es de ellos el derecho de ser respetados por sus progenitores, acción muchas veces no ejercida por nosotros
los padres que nos perdemos en el orgullo, la jerarquía y la necedad de no
humillarnos frente a un ser de nuestra propia sangre.
No desaprovechemos esa
gran oportunidad de reconocer nuestros errores para con nuestros hijos. Ir a
ellos con amor y humildad, y que nuestra
actitud no se empañe con orgullo falso y sentimiento de superioridad
racionalizado. Que ante la “humillación” (el pedirles perdón con verdadero
arrepentimiento) no se desvanezcan nuestras fuerzas. Pronto realizaremos que esa
postura de verdadero amor nos engrandecerá porque Dios lo ha dicho con
verdadera sabiduría: “Aquel que se engrandece Dios lo humilla, pero aquel que
se humilla Dios lo engrandece” Y ese hijo nuestro que nos ha traído locos, aprendería
una lección de vida, quizá la más importante que le hubiesemos enseñado en
nuestra existencia por ser una verdadera lección de amor que implicaría una
excelsa valentía, un sacrificio monumental en nuestra jerarquía parental y una puñalada
al orgullo que, habiendo posado inamovible
por muchos años en un pedestal de insospechada altura, se habría vuelto añicos para
fortuna nuestra y la de ellos mismos.
jueves, 16 de abril de 2015
AGARRADOS DE LA MANO DE DIOS
No sabe usted la belleza que significa una
sonrisa extendida, una caricia ofrecida con gratitud, y en especial aquellas
palabras de amor, aliento y esperanza que se profesan desde la parte noble del corazón, con destinatario en
otro que se ofrece en reciprocidad. Sin embargo, los detractores de estas
bellas manifestaciones están siempre al acecho buscando el deterioro y nulidad
de las mismas. El corazón es depόsito de
sentimientos bellos, pero también se alojan dentro, muy dentro otra clase de
afectos no tan buenos que nos acompañan por muchos años, muchas veces por toda
nuestra vida. Por eso debemos ser cautos cuando recibimos algo que proviene del
corazón, pues bien puede ser algo como un resentimiento, tal vez rencor,
envidia, recelos y otras cosas peores. Nuestro trabajo diario es lidiar con
esta clase de alimañas para no permitirles su libre acceso, su fácil entrada en
nuestras relaciones interpersonales, con la familia, con nuestros hijos,
esposos o esposas, padres, hermanos, amigos, etc. El antídoto recomendado es la
práctica diaria del amor en dόsis que puedas ofrecer y
prolongar por algún tiempo, muy probablemente por toda tu vida. Poner en marcha
de forma periódica la parte generosa y amable de tu corazón tendrá el afecto
inmediato de fortalecer los buenos sentimientos y fomentar positivamente las
relaciones con los demás, especialmente con los que mas quieres. También, es
necesaria la detección temprana de los bichos para suprimirlos en tiempo real
con el florecimiento de los sentimientos mas bellos que Dios nos ha regalado:
amor y humildad.
Seguramente encontrara
fácil la lectura de lo anterior, pero cuesta un mundo avanzar un centímetro en contra
de lo malsano y perverso. Sin embargo, nadie ha dicho que la enseñanza sea fácil.
Al contrario, la batalla es larga y complicada, y con frecuencia salpicada de
sangre y lagrimas, de dolor y desventura. Pero vale la pena sonreírle al
prójimo, aunque nos caiga mal; tratar de agradar al que ni siquiera conocemos,
porque lo fácil es agradar al hermano, o al padre. Entonces tú y yo tenemos que
librar la guerra contra los malévolos sentimientos, y es una guerra a muerte,
un conflicto sin concesiones, una hostilidad sin cuartel. La buena noticia es
que no estás solo. Alguién más te acompañará y te llevará de la mano, siempre y
cuando se lo permitas. Dale la oportunidad de estar dentro de ti. Accésalo,
intérnalo, acύñalo con verdadera fe, después déjale llevarte de la
mano a donde El quiera llevarte. Finalmente, aunque los caminos de Dios son insospechados,
ellos siempre serán hermosos.
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