Sentir el corazón desbordarse de
alegría ante la presencia del ser amado es un sentimiento de proporciones tan
grandes como indescriptibles. Y es que es una bendición tan hermosa el saber
que cuando arribas a tu casa existen personas que te aman y a las que les amas
con todo el corazón inmersos en una diacronía de vida familiar placentera que
no requiere de una exégesis doctrinal para denotar su autenticidad; simplemente
sentir el corazón cautivado por el amor mutuo y correspondiente. Aunque, de
pronto caes en el saludo subyugado por la automatización y la expresión de
aquel beso insípido que discurre entre las formalidades y el cumplimiento
cuando te despides o cuando llegas a casa. Tomar conciencia de ello es muy
oportuno y valeroso; es como defender el amor que sientes por alguien que te
ama y le amas. Luchar con todas tus fuerzas es el alimento espiritual que
motiva el crecimiento del corazón en una relación de verdadero amor, y jamás
debes renunciar a esa dulzura de afección que hace vibrar las fibras profundas
de tu ser. Sí, el amar, el cual esta ahí, es ofrecer el corazón sin preámbulos ni
cortapisas, y el verdadero amor nunca perece, antes bien se intensifíca, y ninguna
rutina logrará cubrirla con su manto de tedio y muermo.
martes, 7 de mayo de 2019
jueves, 2 de mayo de 2019
Y EL AMOR QUE NO LLEGA
Los días transcurren sin cesar; el tiempo no para y jamás regresa, y para tu sorpresa el año casi llega a su primera mitad. Justo el tiempo te parece una instancia sin memoria, y como si no existieses él mismo te atraviesa desde que amanece y hasta que la noche se instala, pero muy ajeno y distante en tu vida y en tus diarias preocupaciones. Te sientes muy sola; el corazón te palpita por la inquietud y desasosiego la víspera de cada anochecer. Es en tu propio lecho donde te hundes en tus deseos insatisfechos de mujer para dar rienda suelta al cúmulo de pulsiones reprimidas a través del ensueño posesionado por el ello que te transmite su ahogado deseo de arribar a la superficie y dejarte sentir la gran mujer que llevas muy dentro. El otro se aparece en figuras un tanto clandestinas y con pretensiones reprochables al yo real, no obstante te dejas llevar por la marea del deseo. Sólo ha bastado un instante para volver a sentir la vibración de tu cuerpo y con ello tu espíritu se regocija de un amor intenso; cada fibra de tu ser se estremece y quedas posada en completud, dilatada, como exorcizada y con los demonios fuera de tu piel. El amor en apariencia es la única forma amatoria en la que la noche y tus propios deseos te asisten del todo. Tu conciencia se ha recobrado y el vacío existente por la falta de un amor que te arrope y protega, te cuide y console estará presente inexorablemente por el resto del día.
miércoles, 2 de enero de 2019
CAPACIDAD DE ESCUCHAR
ESCUCHAR
CON EL CORAZÓN
Me resulta complicado y desalentador
entender cómo los hombres en la actualidad hemos perdido la capacidad de
escuchar. La gran mayoría estamos dispuestos de forma clara y puntual en
expresar lo que llevamos en nuestro corazón y lo que nos atañe de mil formas en
nuestro espíritu, como una especie de prurito que requiere ser saciado con la
punta de los afilados oídos de nuestros pocos escuchas que, de pronto, y como
si la incapacidad de escuchar fuese una epidemia, parecen haberse extraviado en
el ocaso de la perpleja distancia del desinterés y la hesitación. Estamos
dispuestos a ser escuchados del todo, pero no sabemos ni queremos escuchar a
nadie más que no sean nuestras propias denuncias internas, impericias,
desavenencias, pugnas y contrasentidos. El despropósito es mayor cuando somos
requeridos en la relación mutua y no tenemos el ánimo y, lo peor de todo, la
certeza de que lo haremos de forma apropiada para mantener viva la relación con
el otro u otros, incluso aún con los miembros de nuestra propia familia.
Escuchar requiere de una capacidad en
la que participan el resto de los sentidos del cuerpo, pero no solo ello, sino de
la activa disposición de un corazón encarnecido, templado y apacible, que bajo
esa condición entrega todo de sí hasta vaciarse. Sin embargo, la perspectiva
actual de los seres humanos se desfigura por efecto de una desproporción entre
lo entera y profundamente importante de una persona y lo propuesto por la civilización
tecnológica actual que, y es oportuno decirlo, muchos acogemos con beneplácito
no obstante la destemplanza que proyecta en nuestras relaciones interpersonales
“íntimas” con nuestras verdaderas amistades. Escuchar se ha convertido en un
terrible desafío actual de ineludible desesperanza para muchos de nosotros de
modo tal que, por difícil que parezca de creer, ha sido asociado al aumento de
formas de signos de tristeza y depresión en nuestra sociedad, y que crece cada
vez con tintes de alarma en nuestras vidas. Así, y con sobrada despreocupación,
apostamos a una sociedad con muchos en necesidad de ser escuchados y una oferta
de escuchas en merma, y muy poco hacemos para menguar esta condición. El
resultado de esta circunstancia actual de no desarrollar esa habilidad de
escuchar con verdadero interés a los demás en sus problemas y conflictos y/o,
en caso de poseer esa habilidad, no estar en disposición de ponerla en práctica para el beneficio de
los demás cuando es necesario redunda en situaciones de conflicto personal, familiar
y social.
Ojalá podamos convertirnos en mejores cristianos,
personas, hermanos, camaradas y amigos atentos a las necesidades de otros, siempre
con la disposición a usar más los oídos del corazón que al par de orejas que
cuelgan en ambos lados de la cara. La escucha nos llenará de gran fortaleza y comprensión
porque es ampliamente reconocido que el que provee sin límites recibe el doble,
reconociendo que dicha actuación de ayuda no es con la finalidad de recibir,
sino que ello resulta ser el efecto de dar con amor filial a quienes lo requieren en
un momento determinado de sus vidas.
martes, 4 de septiembre de 2018
lunes, 12 de marzo de 2018
CARTA A MI PADRE
Carta a mi padre:
Quizá no fuíste el mejor padre del mundo, y ¿quién lo ha sido, verdad? Es probable que, desde ahí en el lugar que Cristo te tiene, aún sientas culpa porque no tuviste el tiempo para dedicárnoslo a todos los que somos tus hijos con esmero y cariño, por supuesto, debido a las largas jornadas de trabajo que te mantenían ocupado y sólo por nosotros, aunque parezca paradójico. A lo mejor te perdiste de mis primeras palabras, mis logros en el kínder y en la escuela elemental porque no estuviste allí o nunca visitáste a mis maestros, y ya sea ello, de nueva cuenta, por la excesiva faena laboral en la que te insertabas cada día o, quizá, por tu desinterés, por qué no, para ser claros en esto. También, y esto debido a que nos ocurre a la mayoría de los papás, probablemente nos pegaste con tanta fuerza y saña, de seguro para descargar tus frustaciones personales, a lo mejor por tus válidas preocupaciones inherentes al difícil trabajo con el que mantenías a toda la familia, y experimentaste por dicha razón una culpa del tamaño de las Petronas, porque en el fondo eras una persona con unos sentimientos tan lindos y humanos que siempre fuímos tu prioridad. Y tu sentimiento de culpa se elevó más cuando por situaciones de conflicto algunos de tus hijos te recordó de aquel horror, en el mejor de los casos, o te lo restregó, peor aún, probablemente con sobradas razones. Pero no te preocupes tanto papá ni te desalientes, porque tus motivaciones en vida, y de esto estoy seguro, fueron sanas y estaban dirigidas con la mejor intención desde lo profundo de tu corazón. Y te digo lo anterior porque asi como no existe un padre perfecto, tampoco existe un hijo a la perfección, y todos los padres estamos encadenados a esa herencia histórica. ¿Acaso hay alguién, en calidad de hijo, que se autodenomine “perfecto”? Por seguro que nadie levantará la mano para pronunciarse. Todos y cada uno de los hijos, por muy buenos y humildes que se consideren, tal vez hijos modelos que sus padres no pierden oportunidad de presumirlos ante otros papás menos afortunados y que todo padre desearía tener, tremendos muchachos y muchachas de bien y para bien, pero una cosa si te digo papá: ese modelo de hijo(a) te falló alguna vez, consiente o inconciente, voluntaria o involuntariamnete, pero seguramente lo hizo, y me atrevo a decir que lo sigue haciendo aún y cuando tú ya no estás entre nosotros. Papá, ese hijo soy yo. ¿Por qué fallaste y por qué fallé? Porque somos seres humanos. Esa es exactamente la misma razón por la que tú y yo erramos, y ahora que soy papá yo, a menudo, me equivoco como tal con mi propia familia. Lo único que nos salva de morir alienados y con la vergüenza en la cara es cuando pedimos perdón y nos arrepentimos de verdad ante el Señor y remendamos los errores directamente, en la medida de lo posible, con los que hemos ofendido. Pero si te remarco una cosa padre: todo lo anterior no ha empañado mi amor por ti. Poseo en mi alma un amor tan grande que, si hubiese sido posible, hubiera dado mi vida por ti en aquellos momentos de melancolía, de afligida partida, aliquebrada despedida, de inescrutable duelo. Después de lo dicho al principio de esta carta post mortem, pensarás que contengo resquemores en mi corazón, pero nada de eso. Por el contrario, guardo un sentimiento de amor tan íntimo y profundo como indescriptible, además de la consabida identidad que me une a ti desde siempre. Jamás te cambiaría por otro padre terrenal, humano y pecador, como todos nosotros lo somos. Y ahora desde la distancia, en las perplejidades de un espíritu en desasosiego y encrespado porque tú no estás conmigo para abrazarme y besarme como siempre calladamente lo quise, me abrazo a mí mismo en el imaginario de ceñirme a ti y fundirnos en una plétora de amor incondicional. Muchas gracias viejo lindo por todo lo que me diste y por lo que siempre continuarás siendo para mi. Desde acá, en la breve y sucinta vida terrenal te envío un abrazo de amor para el allá, en la vida eterna a la que todos los verdaderamente cristianos sinceros que cumplen la voluntad del Cristo Salvador, aspiramos arribar cuando el Señor nos llame. De igual forma, un beso grande a tu esposa, por fin junto otra vez, y un abrazo afectuoso a mis hermanos, en especial a Emilio, al que extraño tanto.
Muy tuyo, tu hijo Manuel.
Postdata: Siempre serás mi héroe y siempre te querré.
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